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Recortes de Prensa

Ciudadanos a la intemperie

Sur, 30 | 12 | 2005 - Artículo de opinión - Luis Pernía Ibáñez (Plataforma de Solidaridad con los Inmigrantes de Málaga)

Pablo Ordaz, corresponsal de ‘El País’ hablaba con Doppy, un joven negro con 23 años, nacido en un barrio marginal de París, que se divierte componiendo canciones y fumando hachís. «Me gustaría tener dinero para volver a mi única patria, África, para ayudar a salir de la pobreza y que mis hermanos no tengan que venir a vivir donde no nos quieren», decía. Y mientras sonaba Rhof, Abibiii Montanan o Tadem añadía: «Ya no se cree en nada. No se cree en el esfuerzo porque chavales de 15 años ven que los que tienen 25 y fueron estudiantes siguen en paro, viviendo en casa de sus padres, amargados y sin futuro».

Su testimonio hace ver algunas pistas del porqué Francia en el mes de noviembre olía a gasolina y goma quemada, extendiendo el fantasma de la revuelta de los inmigrantes a media Europa, siendo la discriminación, el trabajo y la escuela las palabras clave en torno al fenómeno de la integración. En los países de mayor número de inmigrantes (Francia 7,5 millones, Reino Unido (2,7 millones), Francia (3,2 millones) y España (4,1 millones) ha fracasado el modelo de integración basado en una legislación muy semejante, que establece una ciudadanía de dos velocidades y por tanto gestiona los derechos de los inmigrantes a la baja, de tal manera que, como dice el Defensor del Pueblo Andaluz «los inmigrantes no son considerados ciudadanos de hecho». En cuanto al problema del trabajo la Europa que acogió a millones de inmigrantes hace décadas con trabajo para todos se encuentra hoy con bolsas de excluidos en los principales países debido fundamentalmente al proceso de desindustrialización; este problema del trabajo se extiende no sólo a los recién llegados, sino a las segundas y terceras generaciones, que además no aceptan las migajas de empleo que sufrieron sus padres. Y la escuela, convertida en muchos casos en escuela-ghetto (en Burdeos, por ejemplo, en menos del 10% de los colegios y que son públicos está más del 40% de los alumnos procedentes del Magreb, África o Turquía) es un importante añadido debido al elevado fracaso escolar y a la ineficacia de los años de estudio de cara al mercado laboral.

A estas razones se une la impostura de una globalización económica que ha llevado a una división del planeta en sectores de crecimiento acelerado al lado de desiertos improductivos, que no solo están en África, Asia o Sudamérica, sino en Nueva York, París, Roma o Madrid. Podemos decir África está en todas partes y es como una gran metáfora que se multiplica en los países empobrecidos, pero también en el universo cercano de nuestras grandes ciudades. Este fenómeno globalizador ha hecho que ya no se hable de ricos y pobres, porque los ricos antes necesitaban de los pobres para hacerse ricos, en cambio los ricos de la globalización ya no necesitan a los pobres. Estos se han convertido en superfluos, en población sobrante, en ciudadanos a la intemperie. Ya no forman un ejército en reserva, como diría Marx, que presiona sobre el precio de la fuerza del trabajo, porque la economía crece ya sin su contribución, los gobernantes son elegidos sin sus votos y la maquinaria económica funciona bajo la única brújula del imperativo de la maximación de beneficios. Además, en aras al efecto globalizador, el Estado ha perdido su entidad, pues quien manda realmente es el mercado, menguando su capacidad social y haciéndose insolvente ante los problemas sociales, las desigualdades y los noes a la Constitución Europea.

Con estas inercias el Estado social se desplaza con facilidad hacia el Estado penal, al estilo y semejanza de Estados Unidos, bajo el paradigma de la seguridad, quedando muy reducido el enfoque social, aquel que, en otras circunstancias, busca aceptar las diferencias en nombre de la igualdad y gestiona el pluralismo de las sociedades contemporáneas, desde la lectura de que tarde o temprano la negación pública de aquello que nos diferencia termina percibido como una forma de exclusión.

Los protagonistas de esta revuelta son bandas de adolescentes con escasa organización, sin jefe, procedentes de los barrios marginales, de la inmigración. Estos jóvenes inmigrantes utilizan la violencia como respuesta a una situación que consideran insostenible, a un sistema que les rechaza. Hay gente que dice que sus reacciones violentas, son debidas a sus tradiciones culturales o a su religión, pero en el caso francés son jóvenes integrados, con pasaporte francés, que hablan perfectamente francés. ¿Qué pasa entonces? Desde luego muchos piensan que una escasa integración de la generación de los padres desactiva los problemas y conflictos, y una buena integración de la generación de los hijos los agrava. Pero, desde la perspectiva de las organizaciones proinmigrantes, estos jóvenes actores de la revuelta, de la ‘revuelta de los superfluos’, como dice el sociólogo Ulrich Beck, lo hacen en términos de dignidad, derechos humanos y marginación; incluso no se refieren al desempleo, al trabajo, aunque no tengan.

El caso francés es un espejo en el que mirarse e invita a reconsiderar las políticas migratorias ante el fracasado modelo de integración. En España buena parte de los cuatro millones de inmigrantes recién llegados, tragan saliva y aguantan, hasta el momento, para no defraudar su proyecto migratorio, pero sus hijos no se callarán si las cosas continúan como están, porque ellos tampoco querrán ser ciudadanos a la intemperie.

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